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La Familia Digital

06-05-2025
La serie dramática Adolescencia, con Stephen Graham y Owen Cooper, conmocionó a la opinión pública en los países donde estuvo disponible a través de Netflix y puso al descubierto el drama del acoso en las escuelas, tanto privadas como públicas, y sus efectos sobre muchos niños y jóvenes que asisten a ellas.

El psiquiatra Norberto Abdala, en la revista dominical del diario Clarín de Argentina, ahondó hace poco sobre una característica de los niños y jóvenes que aquí denominamos 'nativos digitales', por haber nacido después de 2001 y haber conocido el teléfono digital, en su más tierna infancia y antes que la televisión. A diferencia de quienes fueron criados entreteniéndolos con dibujos animados en la TV, se les daba un teléfono; manipulándolo, desarrollaron su personalidad en base a que, con sus dedos, podían cambiar las imágenes que veían y con ello crear una  'realidad transitoria' en cada momento.

En los estudios convencionales se atribuye a parte de estos jóvenes pertenecer a la denominada Generación Z, los nacidos entre 1995 a 1997 y 2012. Los posteriores son denominados Generación Alfa pero, teniendo con este criterio 13 años o menos en la actualidad, son escasos los estudios psicológicos que posibiliten indagar sobre su comportamiento futuro.

El concepto que difunde el Dr. Abdala es que los actuales niños y adolescentes, si han estado o están expuestos a las comunicaciones digitales (TikTok, Instagram, WhatsApp, etc.), desarrollan una 'segunda familia', a la que denomina 'familia digital' y cuyos componentes están, en su mayoría, fuera del control parental.

Estos niños, adolescentes y ahora hasta jóvenes adultos están más expuestos a los conflictos provenientes de quienes tienen acceso a ellos a través de las redes sociales y la comunicación digital en general. Esto despierta la inquietud por saber permanentemente 'que más está sucediendo' en lugar del antiguo concepto de 'seguir el relato y conocer las conclusiones' (`continuidad`) propio de quienes se educaron a través de la lectura y los medios lineales.

El otro problema es que tales adolescentes no ejercen la posibilidad de rechazar los mensajes que les producen efectos negativos. En lugar de ello, cuando se los desprecia u hostiga, en lugar de ignorar o rechazar los mensajes reaccionan con crisis emocionales que pueden llegar hasta intentos de mutilación, como cortes en los brazos, o de suicidio. Los padres, en su gran mayoría, no tienen los elementos para contrarrestar estos impulsos autodestructivos. Recurren por ayuda  a psicólogos y psiquiatras que aconsejan criterios pero difícilmente puedan monitorear su puesta en práctica. En casos extremos, una internación puede producir una mejoría, pero es rara una cura sin la ingesta de antidepresivos u otros medicamentos con efectos secundarios.

El Dr. Abdala recomienda a los padres y a los educadores 'intentar comprender qué buscan los adolescentes en los espacios virtuales'. Pero, esto es poco menos que imposible para la mayoría de los mayores de 30 a 35 años, cuya mentalidad fue configurada en una época en que predominaba el concepto lineal --los acontecimientos seguían un desarrollo y la evolución era continua-- y no pueden contrarrestar el carácter disruptivo de lo que enfrentan sus hijos y nietos. Les resulta imposible entender los motivos y procedimientos de quienes influencian negativamente a sus adolescentes.

En la mayoría de las sociedades, el fenómeno está tan difundido que es imposible aplicar una 'censura' como las que podían sufrir los medios de comunicación tradicionales. Sus efectos para éstos, en  la mayoría de los países, son la pérdida de influencia de los diarios, la radio y la televisión como formadores de opinión, una crisis de rentabilidad para los medios comerciales. A partir de allí, los medios lineales se vuelcan a Internet, YouTube y otras alternativas digitales en busca de recuperar el concepto de 'audiencia'. Siendo optimistas, es posible creer en que se encontrará una fórmula para resolver este distanciamiento. Para los pesimistas, queda el público mayor de 35 años, ciertas actividades de interés común a jóvenes y adultos, como los deportes, y la esperanza de que, a medida que pase el tiempo, disminuya la actual brecha y se vuelva a un equilibrio sustentable para todos.

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